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Mujeres Mexicanas: Espinas y Rosas

Updated: Jan 8


For the English version, click here.

Algunas personas te roban el corazón con una sonrisa.


Sandra comenzó con una sonrisa, pero me robó el corazón con una rosa.

Conocí a Craig Johring, cofundador de Hope of the Poor, unos días después de mi viaje mexicano. Después de escuchar la investigación en la que yo estaba involucrado, se quedó mirándome con atención y dijo: "Tienes que hablar con Sandra". Craig no pudo venir, así que nos envió fotos para ayudarnos a identificarnos. Pensé: "Su sonrisa. Ella tiene una sonrisa cautivadora, y esto lo podré encontrar entre la multitud ”.

Después de reunirnos en la Basílica, Sandra y yo fuimos a una cafetería cercana, donde estábamos rodeados de exquisiteces, pasteles y dulces, y allí pedimos un café y nos sentamos. Le pedí a Sandra que me contara un poco sobre ella. Con calma, intencionalmente comenzó una historia llena de dolor.


Quedó huérfana a los dos años, tenía una tía en Puebla que abusaba físicamente de ella, quien la sacó de la escuela a los siete años de edad, diciéndole a Sandra que “nosotras las mujeres no servimos para estudiar [sino para] limpiar, cocinar y planchar”. Luego, Sandra me dijo, mientras me miraba tranquilamente y directo a los ojos: “cuando yo cumplí ocho años de edad, el regalo que me dio mi primo fue un abuso sexual”. Ella le contó eso a su tía, quien la acusó de mentirosa y la golpeó. La chica huyó. Cuando ella le contó la historia a la mujer que la encontró durmiendo en el banco de un parque, esta le dijo que no se preocupara, que ella le ayudaría. “Y sí me ayudó,” afirmó Sandra. “Me llevó a cenar, me llevó a su casa, me bañé, pude dormir tranquila porque nadie iba a abusar de mí, a tocar mi cuerpo. Pero al otro día me paró muy temprano e hizo que me pusiera una faldita, un topsito, me empezó a maquillar, y pidió un taxi.”


Durante seis meses, a los ocho años de edad, Sandra vivió la pesadilla infernal de tráfico sexual. “Había días que pues yo no recordaba nada, si no yo despertaba ya en el suelo, tirada, toda golpeada, mordisqueada, me dolía entre mis piernas, la parte de atrás … yo no recuerdo cuantos hombres pasaban … en una noche por mi.” Fue aquí cuando me armé de valor para tocar el hombro de Sandra por una señal de compasión. Aunque estábamos sentado como para una entrevista formal, las lágrimas ya se asomaban en nuestros ojos.


Cuando una mujer mayor finalmente ayudó a las niñas a escapar, Sandra viajó a pie hasta Ciudad de México, y fue a un orfanato por ayuda pero le dijeron que ya ella era “una manzana podrida. Y ellos no iban a permitir que yo echara a perder a las demás niñas.”


Entonces, Sandra vivió en la calle durante los siguientes 22 años, a veces en una terminal de autobuses, otras veces en una alcantarilla, pasando de ser una niña a ser madre. Fue violada por hombres que pasaban por la calle, por policías y los novios que decían amarla. Intentó alimentarse y dar de comer a sus hijos limpiando parabrisas, así como vendiendo rosas y rosarios que había hecho a mano, pero cuando eso falló, buscó comida en los contenedores de basura de Kentucky Fried Chicken. Ya era madre de Samantha cuando nació su hijo Adán. Sandra logró escapar del padre de su hijo, consiguió un trabajo y alquiló una pequeña habitación en un hotel – hasta que el padre regresó y exigió tener al hijo que nunca había reconocido.


Sin embargo, Sandra describió al sufrimiento de sus hijos como su sufrimiento más doloroso, ya que fueron sus hijos los que le dieron el deseo de seguir viviendo, el deseo de ofrecerles una vida mejor. Cuando Adán tenía cinco años, después de haber escapado de su padre, ella encontró un hogar que acogía a personas que luchaban por salir de las calles. Un día, cuando Samantha estaba en la escuela, Sandra fue golpeada por la sensación de que su corazón estaba a punto de explotar. Corrió directamente a su habitación en la casa y vio a un niño de 14 años violando a su pequeño hijo. Salieron de la casa.


Fue después de la violación de su hijo que Sandra dijo: “yo alcé mi cara y si le dije: ‘pus’ si en verdad existes, ayúdame, ¿por qué eres malo conmigo? Ya me cansé. Yo quiero cambiar mi vida. Ya no quiero más violaciones, ya no quiero más golpes. Mi hijo ya me lo violaron, ya no quiero que me violen a mi hija’.… le estaba pidiendo y suplicando que me ayudara. Que me rescatara, que yo también era su hija. Y si, pus’ si me ayudó; a la semana apareció Craig.” En ese momento, mientras hablaba, apareció lentamente la misma sonrisa cautivadora de la foto.


Craig le quiso comprar sus rosarios. Sandra le dijo que por tres pesos él podría tener todo el lote, a lo que él respondió: “los iba a comprar cada uno de a diez pesos, lo que costaba cada rosario y me compró todos mis rosarios.” Desde ahí, Craig ayudó a Sandra y a sus hijos a encontrar una habitación en un hotel, y luego le pidió que trabajara con él. Comenzaron a dar de comer a las personas en las calles, ayudaban a esas personas a encontrar un hogar, y le traían ropas y útiles escolares a los niños que vivían con sus familias en los basureros.


“Pues,” Sandra dijo, “empecé a rescatar niños de la calle”. Vive ahora en un apartamento con diez niños que ha acogido, además de sus dos hijos, y elabora que “Una mujer que no tuvo mamá, papá, pura calle, comía de la basura, el día de ahora tengo un trabajo por Craig, que me gusta hacer. Mi hijo va bien en la escuela, y tengo muchos hijos y tengo un novio que me respeta … Me costó encontrarme a mi misma. Ahora me doy ese amor que yo necesito.”



Cuando Sandra terminó su historia, se sentía extraño estar sentado en la misma cafetería, colmada de pedidos de café latte y sillas acolchadas. Sentí que había viajado desde el sufrimiento hasta la esperanza, a la esperanza que permite que una mujer, y en especial una madre, no solo sobreviva, sino que florezca. Las madres, me dijo Sandra, son guerreras. “Desde el momento que un bebé está formado por nosotros es algo inmenso. En toda la palabra ‘madre’ es una palabra muy inmensa. Es un orgullo. Es un orgullo y al menos para mi, el ser madre es una bendición, el tener un motor por quien echarle más ganas a tu vida.”


Cuando terminé de guardar el archivo de audio y volteé, aún buscando acomodarme en este ambiente tan banal para una historia de sufrimiento y esperanza, vi que Sandra había ocupado en el último minuto o quizás dos.


La mujer cuya vida había comenzado con espinas había tomado su servilleta y me hizo una rosa.


Reflexionando sobre la experiencia de Sandra como mujer mexicana, ¿cómo podría ayudar a otras mujeres a vivir su feminidad?


Mujeres, como Sandra, ¿ustedes comparten su historia con otras personas que puedan aprender de su sufrimiento y su esperanza? ¿Han aprendido a distinguir entre los que pueden ayudarles y los que les harán daño? Y, ¿cómo “dan este amor que necesitan” de tal manera que ustedes y los que conocen puedan florecer como una rosa?


¡Gracias por acompañarme en este viaje de género! ¡Que la sabiduría de las mujeres mexicanas sea un regalo para ti!

Para obtener más información sobre Sandra y su trabajo con Hope of the Poor: